Padecemos una enfermedad profesional,
un mal que nos ataca
al ver todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
Un mal que nos lleva a llamar a nuestro médico de familia.
El cual no para de repetir: “Sin mí no pueden hacer nada”.
Un médico siempre dispuesto a vacunarnos.
Como el Buen Pastor,
y que nunca se equivoca con el diagnóstico:
“Quien quiera salvar su vida, la perderá,
y quien consienta perderla la salvará”.
El primero que padeció ese mal entre nosotros
se llama Juan Emilio Anizan.
Ochenta años después sigue siendo contagioso.
Es un mal tenaz: es el mal de Dios y el mal del pueblo.
Siempre fecundado por la Caridad.
¡Cuánto lo necesita el mundo actual!
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